Higuera con frutos

Cuando te autolimitas por la edad – When you limit yourself by age

Empezar a los 40, a los 50…

Hace poco me cambié de barrio, vine a vivir a una casa con terraza junto a una zona verde. Había sido una de las ilusiones que me planteé cuando me diagnosticaron la enfermedad. Esta casa me ha servido para conocer a una vecina admirable, a una señora casi centenaria (y a su marido). Cada vez que la veo pasear me da una inyección de vitalidad. Vive con ilusión cada día. Me produce verdadera alegría verla.

Aunque te parezca que ya no es el momento “ideal” para hacer algo, en realidad siempre es el mejor momento para empezar lo que de verdad quieres hacer.

Mañana será un poco más tarde, y pasado un poco más tarde aun. Lo que todavía está en tus manos en esta vida es todo lo que te queda por delante. Las limitaciones de la edad están en tu cabeza. Nadie sabe el tiempo que le queda por vivir. Ni quien tiene 90 ni quien tiene 20.

Esto parece evidente. No he inventado la rueda. Pero una idea tan obvia creo que no la llevamos tanto a la vida práctica como nos convendría.

¿Quién sabe cuántos años nos quedan por delante? Nadie. Pues entonces toca vivir cada día como el último (y como el primero).

“Nadie puede decir con confianza que aun vivirá mañana”

Eurípides

El (pretendido) problema de la pérdida de capacidad de aprendizaje con la edad

Esta es una creencia muy limitante para nosotros. Parte de dos falsas premisas que a algunos nos enseñaron en la infancia:

  1. Que las neuronas se destruyen conforme pasan los años y ya no se renuevan

Hoy se sabe que esto no es exactamente así. Las neuronas se van regenerando, como el resto de células de nuestro cuerpo (a no ser que suframos alguna enfermedad determinada del sistema nervioso).

2. Que la inteligencia y capacidad depende de la cantidad de neuronas

Hace tiempo que se considera que nuestras habilidades tienen más que ver con la capacidad de establecer múltiples conexiones entre las neuronas. De lo que se sigue que cuanta más experiencias tengamos, más relaciones seremos capaces de realizar y, por tanto, más partido podemos sacar al tipo de inteligencia con la que cada uno haya nacido.

Sobre esta cuestión, otra trampa que también nos estamos tendiendo a nosotros mismos es compararnos con nuestra época infantil-juvenil cuando:

1. Nuestra única responsabilidad “seria” era (salvo casos excepcionales) estudiar. Nuestra atención estaba enfocada en eso. No estábamos estresados. El estrés es mal compañero de la memoria.

2. Dedicábamos la mitad de nuestro día a estar en clase o estudiar. Es decir, a estar en contacto con las materias que teníamos que aprender.

Si ahora dedicáramos 8 horas cada día a estudiar lo que fuera (muchos lo habréis hecho), veréis como al principio cuesta, pero luego, hay un momento en que la cabeza hace un clic y parece que hayas cogido carrerilla. Al principio cuesta y mucho. Pero no porque seamos más tontos, cuesta esencialmente porque hemos perdido el hábito de estudiar. Sobre todo es eso.

También cometemos el error de extrapolar lo que pasa con los idiomas al resto de contenidos. Hay que tener en cuenta que el estudio de un idioma extranjero no se parece a estudiar otra materia. De hecho, en realidad, los idiomas no se “estudian”, sino que se aprenden. Efectivamente, en el inicio del aprendizaje de un nuevo idioma, cuanto más pequeños seamos, mejor. Pero esto no se debe solo a nuestras “neuronas”. Se debe, como sabéis, a que nuestro aparato fonador está madurando, igual que nuestro sistema nervioso. Se están formando hasta que superamos la adolescencia.

Si aprendemos el idioma a la vez que este madura, conseguiremos pronunciar como un nativo. Y también conseguiremos pensar en ese idioma. No estar traduciendo cada vez que hablemos. Esto sucede porque durante esos años también estamos ampliando con gran velocidad nuestros registros en nuestro idioma materno. Pues lo mismo sucederá con otro que estemos mejorando de forma paralela. De la misma forma que conseguiremos adecuarnos a diferentes registros en una lengua, lo haremos en la otra que estemos aprendiendo.

Nuestro cerebro se acostumbrará a pensar alternativamente en las 2 (o más) lenguas. Estas cuestiones se estudian con mucha profundidad en la Sociolingüística, cuando se analiza el comportamiento de las poblaciones bilingües o en las que conviven distintas lenguas con un uso asimétrico (diglosia).

El ser humano se diferencia del resto de los animales esencialmente por el lenguaje verbal. Otros animales tienen formas de comunicación, muchas complejísimas, pero no un lenguaje generado por convención como es el nuestro. Para escribir y leer necesitamos que alguien nos enseñe. Pero no para hablar y escuchar. Simplemente con estar en sociedad, por imitación, cualquier analfabeto aprenderá a hablar y entender su idioma.

Nunca pasará lo mismo con otras materias de estudio, sean académicas u otras cuestiones necesarias para la vida. Nadie aprende matemáticas, biología, historia, programación, mecánica… de forma natural. Es necesario dedicarle un tiempo consciente al estudio y a la práctica. Evidentemente, cuanto mayor sea este tiempo, más resultados obtendremos (partiendo, evidentemente, del tipo de inteligencia de cada uno). La edad no es el factor clave. Lo esencial es la atención que prestemos, la motivación y las horas que dediquemos.

Cuando impartía clase en Formación Profesional pude comprobar que en muchas ocasiones los alumnos más brillantes eran aquellos adultos que por alguna razón habían fracasado previamente en el sistema educativo y, por fin, se habían decidido a formarse para aquello que verdaderamente les gustaba. Ese apasionamiento vencía cualquier desventaja debida a la edad. Lo mismo ocurría en los bachilleratos nocturnos, donde casi todos trabajaban mientras estudiaban.


Dunning-Kruger vs. Síndrome del impostor

Al hablar acerca de nuestra supuesta merma de capacidades por la edad hay otra cuestión que conviene tener en cuenta: el efecto Dunning-Kruger, al que yo llamo la “osadía de la ignorancia”. Se trata de la percepción engañosa de que sabemos más de un tema cuanto menos sabemos sobre él. ¿No te has dado cuenta de que cuanto más conoces sobre una cuestión más dudas te surgen sobre la misma? Cuanto más investigas, más cuestionamientos te haces sobre tu propia capacidad en ese campo. Y como empieces a darles vueltas, acabas sintiéndote un ignorante total.

Si eres como yo, ya sabes el siguiente paso: apuntarte a otro curso (OMG).

En la infancia y juventud sabemos muy poco sobre el mundo (aunque creemos que lo sabemos todo). Por ejemplo, en Bachillerato, el profesor que nos enseñaba Historia Contemporánea nos presentaba 5-10 folios sobre la revolución industrial. Nos estudiábamos esos folios, junto con otros folios correspondientes a la revolución francesa, etc. Incluso oías a algunos compañeros decir: “sé más que el profesor”. Evidentemente aquello era una trampa de nuestra autopercepción. En realidad, sabíamos muy poco. Este es un claro ejemplo del efecto Dunning-Kruger.

Abrí de verdad los ojos a esta cuestión cuando empecé a estudiar Humanidades. Yo venía del mundo de la ingeniería. Me consideraba a mí misma una persona muy racional. Creía que 2+2=4. Que todo se podía (y debía) demostrar. Los que empezamos con una formación meramente científica, no nos damos cuenta de toda la parte humanística que nos estamos perdiendo por el camino. Solo vemos una pequeña parte del bosque.

Cuando vi que teníamos una única asignatura anual para la Historia del siglo XIX de mi país, pensé, “madre mía, yo pensaba que sabía algo…” No tenía ni idea. ¿Y sobre la Historia Moderna? Ni te cuento. Nos habían enseñado cuatro cosas de las guerras de conquista… y ya lo sabíamos todo. ¿En serio? No. Solo nos habían presentado una pequeña parte. Ahora sé que nunca sabré suficiente de historia como para decir que “sé”.

(Si te interesa la historia y las biografías, aprovecho para recomendarte uno de mis libros favoritos: Carlos V, el césar y el hombre. Es una de las obras históricas mejor escritas que he leído nunca. Una vez que la conoces, la historia moderna no vuelve a ser lo mismo. Precisamente el primer blog que empecé a escribir (animada por un profesor) trataba sobre este personaje histórico. Después acabé borrando el blog. Una pena).

Ahora sé que mi profesor tenía razón. Tenía que haber seguido escribiendo entonces. Es terapéutico para mí que las ideas no se quedaran en mi cabeza. Pero no le hice caso. Estaba empeñada en mi “trabajo adecuado”.

Que me disperso…

Esto anterior es solo un contraejemplo sobre el síndrome del impostor. Lo que quiero transmitir es que generalmente sobre lo que más dudas tenemos es precisamente sobre lo que más sabemos. Y precisamente porque sabemos, somos conscientes de lo mucho que todavía queda por avanzar. Estamos siendo atacados por el síndrome del impostor. Y quizás sea precisamente aquí donde esté nuestra propuesta de valor para los demás, con lo que más podemos contribuir.

En los periódicos quien más rotundamente opina sobre ciencia suele ser quien menos sabe. Quien más opina en el sentido de verdades entendidas como axiomas irrefutables. Cualquiera que sepa algo de ciencia lo primero que aprende es que la ciencia está en continua revisión.

Nunca se me olvidará que al poco de mi trasplante sufría sudores y sudores fríos todas las noches. Los médicos sospechaban que algo no marchaba bien, pero no detectaban qué. Recuerdo muy bien las palabras de mi hematólogo (que ahora me resuenan más actuales que nunca por el covid): “no conocemos ni el 10% de los virus”. Algo pasaba por ahí, me estaba generando problemas, pero no sabían qué era… Luego el CMV dio la cara. Quizás antes de este pasé otro virus que nadie pudo identificar.

Hay que saber mucho para tener la humildad de reconocer delante de un paciente que se ignora todavía la mayor parte de lo que necesitamos saber.

Recuerda a Sócrates: “solo sé que no sé nada”, cuando precisamente al preguntar a la pitonisa del oráculo de Delfos esta contestó que Sócrates era el hombre más sabio de Grecia.

¿Sientes que ya no estás a tiempo para algo que te hubiera gustado hacer? ¿Has empezado a hacer algo que te satisface y te sientes con mayor bienestar desde entonces? ¿Crees que sufres el síndrome del impostor?

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