Pradera con pinos cerca del mar _ La Marina (Elche)

Vivir mejor – Living better

En otra entrada te contaba que cuando salí del hospital la primera vez tras el aislamiento del trasplante lo único que quería era vivir. Así de simple. Sabía que estaba casi obligada a aprovechar más mi vida. Pero no te creas que empecé a hacerlo todo bien para mí de inmediato. ¡Qué va!

Cuando me fui a dar cuenta estaba repitiendo los mismos errores que seguramente me habían llevado al colapso: sobrecarga mental, demasiadas tareas a la vez, no hacer caso a las señales de mi cuerpo…

Lo estaba haciendo mejor, pero tampoco me estaba luciendo, que digamos. Volví a plantearme estudiar otras oposiciones. “El trabajo fijo. Eso es lo que me falta ahora”. Me decía, intentando insuflarme un entusiasmo de cartón piedra.

El caso es que yo creía que me lo decía sinceramente. Y me ponía a estudiar las oposiciones una hora tras otra. Al principio me fue bien. El problema fue cuando tuve el primer revés a las dos semanas de salir del aislamiento hospitalario: reactivación de citomegalovirus.

Mi situación se complicó mucho. Implicó tomar todavía más medicamentos, entrar en un tratamiento experimental, volver a caminar en el filo de la navaja… ¿Se negativizaría aquello? Mis linfocitos eran 0 por aquel entonces. Estaba muerta de miedo. Aunque por fuera intentaba no demostrarlo mucho para no asustar a mi familia y todas las personas que me estaban ayudando.

Pues bien, en ese momento, mi estupendo plan de estudiar 6-8 horas diarias todavía sin pelo, hinchada por los medicamentos y con análisis de sangre todos los días, hizo agua. Mi plan empezaba a mostrar sus grietas. Aquella rutina diaria no me estaba favoreciendo. La sobrellevaba porque estaba verdaderamente eufórica al pensar que mi problema de salud se había conseguido solucionar completamente con el trasplante (ilusa).

En el momento en que mi entusiasmo por mi pretendida “total recuperación” pasó y empecé a sentir miedo y más dolor, fui dándome cuenta de que aquello de memorizar y memorizar no me funcionaba. No me ayudaba a encontrarme mejor, en un momento en que necesitaba asideros de todo tipo.

Pero seguí persistiendo en el error. Dejé las oposiciones, pero me matriculé en un máster universitario. Por supuesto, no pude acabarlo entonces. De hecho, ni siquiera lo empecé. Las contrariedades fueron tantas aquellos meses, que no había forma de centrarme.

Cuando eres tu peor enemigo

Fue a principios de este año cuando empecé a cobrar conciencia de lo que necesitaba. No me hacía falta llenar más la cabeza (al menos en ese momento), sino vaciarla. Estaba dando demasiado poder a mi mente. Eso está bien cuando atraviesas un buen momento vital, con cierta calma. Pero ante un huracán, si sobrecargas la mente, es más que probable que esa mente tuya, tan necesaria, se te vuelva en contra. Y se convierta en tu peor enemiga.

Empezaron a invadirme ideas intrusivas, de derrota y de otro tipo. Obsesiones acerca de mi relación de pareja. Estaba adelantándome demasiado al futuro, y me había quedado anclada a determinadas cuestiones del pasado que no me favorecían. No disfrutaba del presente todo lo que quisiera. Y esto me fastidiaba especialmente en ese momento. Me estaba costando mucho permanecer con vida. Seguir a flote. ¿Cómo podía estar malgastando mi tiempo en ideas absurdas que drenaban mis escasas energías?

Lidiar con el pensamiento obsesivo

Ya ves que no digo en el subtítulo eliminar, ni luchar… con/contra el pensamiento obsesivo o intrusivo. Y no lo digo porque creo que eso no es posible. Cuando las ideas negativas te invaden, lo último que te conviene es entrar en un debate o en una lucha con tu mente.

De repente, tu cabeza se ha puesto en tu contra. Es tu enemiga. Pero a ese enemigo conviene no plantarle cara de frente porque va a poder contigo. Te va a merendar. ¿Y sabes por qué? Porque nadie conoce mejor tus miedos, tus defectos, tu lado oscuro… que tu propia mente. Usará esta información para hacerte daño si intentas “dialogar” con ella cuando se pone en ese plan.

Lo único que conseguirás es, a lo sumo, un alivio momentáneo. Un, “ya lo he conseguido, me he convencido a mí misma de la inutilidad de esta idea, de este tipo de planteamientos”. Pero, al rato, o al día siguiente, o la próxima vez que flaquees por algo, aunque nada tenga que ver con la idea que te secuestra, ese pensamiento o sensación inútil, volverá.

Así es posible que entres en un círculo vicioso que reforzará ese pensamiento inútil: como te molesta, le “discutes” cada vez más, o, todo lo contrario, intentas pensar a toda costa en otra cosa (ya sabes, lo de “dejar de pensar en el elefante rosa”).

Está muy bien que intentes sacar del centro esa cuestión que te inquieta o te irrita. El problema es el verbo “pensar”. No se puede afrontar con resultados duraderos un problema cognitivo, de la mente, con la propia mente. Tu idea tenebrosa se hará más y más grande. Cada vez te invadirá más y te quitará aun más tiempo precioso para vivir en el presente.

Yo empecé a salir de este círculo vicioso cuando me decidí a darme el permiso de hacer lo que de verdad quería hacer. Lo que me cargaba de energía, lo que realmente me generaba entusiasmo en el presente. Sin ser necesariamente algo que me condujera a ninguna meta. En ese camino, empecé a plantearme crear mi propia ropa. Tenía (y tengo aun, en parte) el cuerpo muy reactivo, y muchos de los tejidos que antes llevaba cómodamente ahora me molestaban. Además, mi imagen había cambiado mucho tras el trasplante y sentía inseguridad frente al espejo.

Así que me decidí a ponerme en contacto con un especialista en imagen y comunicación. Quería saber qué era lo que me favorecía de verdad ahora. Sacar el máximo partido a cómo me veía ahora, a quién era en el presente. Quería dejar de añorar quién era antes de la enfermedad y de los tratamientos.

Tuve un par de sesiones con este profesional, y al poco tiempo de hablar, me dijo que veía en mí una parte creativa que no estaba sacando a la luz. Me sorprendió esta afirmación. Desde ese momento dejamos de hablar de cuestiones meramente de imagen. ¿Creativa yo? Si me he dedicado a la ingeniería, a la enseñanza… Soy una persona muy racional.

Fue este experto en imagen y marca personal quien me recomendó El camino del artista. “Creo que por tu forma de ser te va a encantar”, me dijo. Y así fue. Realmente ese libro me ha cambiado la vida. Lo recomiendo siempre que puedo.

¿De verdad era tan racional? No. No lo era ni lo soy. Soy más bien una persona con alta sensibilidad y con una gran necesidad de expresarme y compartir con los demás. Y había estado negando esta faceta la mayor parte de mi vida. Insistía una y otra vez en las bondades del uso de la razón…

Precisamente estaba reflexionando sobre esta cuestión, cuando en una conversación telefónica con mi amiga y poeta Alicia Merino Labrador, surgió la obra La miseria de la razón, del filósofo Isidoro Reguera Pérez. Aun recuerdo la carcajada compartida, cada una al otro lado del teléfono. El empeñarnos una y otra vez en la mente, nos lleva a repetir los mismos errores que nos han causado problemas. Es el camino más derecho hacia la infelicidad.

¿Te has visto atrapado en algún momento en ideas recurrentes que no te llevaban a nada? ¿Lo has podido superar? Espero que sí. ¿Cómo lo conseguiste? Si todavía estás en el camino de superarlas, puedes escribirme en privado si quieres. Te ayudaré en lo que pueda.

¡Ah! Se me olvidaba dejarte el final del relato que empecé a contarte en la entrada anterior…

Aquí lo tienes: La fraga de Cecebre, Wenceslao F. Flórez (parte 2)

¿Qué te ha parecido este cuento?

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