Academia con pupitres y mapa

La primera vez que volví a trabajar tras la enfermedad (mobbing). Mathias Malzieu y la intensidad – The first time I went back to work after the illness (mobbing). Mathias Malzieu and intensity

Andaba yo medio eufórica porque iba a pisar por fin un lugar de trabajo tras casi 2 años fuera de juego. Las defensas bajas y la inmunosupresión no me habían dado mucha tregua. Así que en cuanto pude mantener un pequeño repunte y liberarme de las transfusiones, me decidí a trabajar de nuevo.

Pero no podía volver a mi anterior empleo porque era problemático para mi salud. Trabajaba con muchos productos químicos que parecían haberme perjudicado. No iba a tentar más la suerte. Así que durante el tiempo en el que estuve convaleciente me preparé para poder optar a trabajar como profesora y lo conseguí.

No me encontraba con tantas fuerzas como antes, pero estaba llena de ilusión por retomar una vida lo más “normal” posible.

El hematólogo (y el doctor del tribunal médico) me dijo que veía un poco osado entrar en un instituto como estaba, pero que entendía mi motivación: normalizar mi vida lo máximo posible. El inspector del tribunal médico incluso me dijo que era imposible saber a ciencia cierta si reincorporarme al mundo del trabajo sería bueno para mí. “Esta es casi ya una conversación filosófica”. Me dijo. Todavía recuerdo su expresión al decirme aquello. Aquel hombre me impresionó mucho y bien.

Mi médico habitual me recomendó que compartiera con algún compañero de trabajo el problema de salud que había tenido y lo que aun quedaba sin resolver. Mis plaquetas seguían muy bajas y cualquier golpe o esfuerzo suponía un grave peligro para mí. Los demás tenían que saberlo para poder actuar de inmediato.

Yo le hice caso y lo expliqué conforme me había recomendado.

¿Acerté?

HABLAR DE LA ENFERMEDAD EN EL TRABAJO ES CONTROVERTIDO

Si has pasado por alguna enfermedad que se ha alargado en el tiempo y que ha puesto en riesgo tu vida, sabes perfectamente que puedes llegar a estar verdaderamente entusiasmada cuando llega el momento en el que puedes volver al mundo laboral.

Te cuento lo que me pasó a mí.

Yo llegué a mi nuevo trabajo medio eufórica. Los ojos me brillaban. Me sentía como si me hubieran llevado de excursión y estuviera frente a un lago comiéndome un gofre de chocolate. Le hablaba a los demás de lo maravilloso que era poder trabajar. De lo bueno que era poder vivir la normalidad, la rutina…

Error.

Algunas personas, sobre todo quienes llevaban trabajando allí de forma fija durante mucho tiempo, estaban en otra onda. Me vieron como:

  • 1- Una quejica que quería dar lástima.
  • 2- Una sobrada que iba allí a dar lecciones a los demás de cómo disfrutar la vida.

De esto no me daba cuenta al principio. Yo me encontraba tan contenta que todo (y todos) me parecían maravillosos. “¡Oh, qué interesante esto! ¡Oh, qué divertido lo otro! ¡Qué bien poder hacer esto!…” (Aquí entra mi eneatipo 7 y mi ENFPismo ;), invariable, con enfermedad o sin ella).

Hasta que empecé a ver reacciones en algunos compañeros que no me cuadraban para nada.

Incluso tuve que llegar a oír la siguiente frase de una colega que pide mármol: “a la docencia, como a la política, se viene llorada”.

Me quedé a cuadros. Tanto es así que pensaba que la había entendido mal y seguí la conversación sobre otros temas como si no la hubiera escuchado. Yo apreciaba mucho a esta compañera y valoraba mucho la ayuda que me estaba prestando como profesional experimentada. En el pasado había encontrado compañeros que me habían ayudado mucho y a los que les debo mucho, y pensaba que, de nuevo. estaba teniendo suerte. Ilusa. Me estaba equivocando. Sobre todo a raíz de una entrevista que se pasó a los alumnos sobre nuestras clases, su actitud hacia mí se hizo ya obvia del todo.

Dábamos varias clases juntas y se dedicaba a cambiarme el tema o la propuesta de prácticas en mitad de la clase, cuando ya estábamos delante de los alumnos. Yo me adaptaba y disimulaba lo mejor que podía. No me podía creer lo que estaba pasando.

Finalmente, un día volvió a repetir la anterior frase lapidaria y añadió otra:

“ Todos tenemos problemas de salud, y aquí nadie se queja”

Se quedó tan pancha. Pero yo no…

Era el recreo. Me di cuenta de que las sensaciones que tenía últimamente no eran imaginaciones mías. Esa profesora veterana, a la que tanto admiraba, me estaba saboteando a sabiendas. Ya no pude más. Le dije que cuando tuviera un momento me gustaría hablar con ella con tranquilidad. Y, finalmente, así lo hicimos.

Empezó con esta idea de que en el trabajo no había que comentar nada de la salud. Que todos tenemos problemas igual.

(Pocos años después acabaría sometiéndome a un trasplante de médula ósea, porque el resto de tratamientos fallaron. Así que, un problema de salud “normalito” no tenía. Pero yo quería vivir de la forma más “normal” posible. Sabía que era lo mejor para poder seguir adelante).

Me dijo que si no estaba para trabajar que no fuera. Yo le dije que sí estaba, pero que había algunas cosas que me costaban un poco más pero podía hacerlas.

Ella insistió.

Se puso a sí misma como lección de “capacidad de trabajo”, “resistencia” y “saber de qué va la vida”.

Le dije, que a mí ella no me iba a dar más lecciones, que llevaba desde los 14 años trabando, que sabía de sobra lo que era esforzarme y aguantar los chaparrones. Que solo había explicado un poco la situación de mi enfermedad porque así me lo había aconsejado mi médico.

Entonces le pregunté: “si tanto sabes de qué va la vida, contéstame entonces a esto. ¿Qué hacemos con las personas que tienen algún problema de salud pero quieren seguir trabajando? ¿Las gaseamos?”

Aquella compañera empezó a llorar. Nunca se me olvidará.

Finalmente me pidió perdón.

Desde entonces me empezó a rondar la idea de escribir sobre estas cuestiones, por si a alguien le puede servir. Hay bastante incomprensión ahí fuera.

Fue una pena y un gran desgaste energético para mí. Había entrado con mucha ilusión a aquel trabajo. Y aquella señora me hizo los días mucho más difíciles de los que cualquiera merecería.

¿Por qué te cuento esta historia?

Porque quiero explicarte por qué te hago esta recomendación: que si vuelves al trabajo tras una enfermedad no des explicaciones. Así estés aun casi sin pelo o todavía con la cara amarilla. A no ser que alguien te pregunte directamente y sepa ya de antes por lo que has pasando (o estás pasando) no hagas ninguna mención ni a la salud… Ni mucho menos a lo maravillosa que es la cotidianeidad de la vida…

Muchas de las personas con las que trabajas están en otra onda, en otra pantalla. No empieces con tus “intensidades” con ellos. Porque algunos van a crearse un prejuicio sobre ti. Quizás cuando ya lleves trabando unos meses y hayas demostrado con tus actos quien eres, tal vez entonces puedas comentar algo más. Y a personas muy escogidas.

Como posiblemente también hayas experimentado tú mismo, para algunos, el que tengas una enfermedad es señal de debilidad emocional o mental.

“Eres un fracasado”.

En esta sociedad nuestra, la enfermedad es sinónimo de fracaso.

“El código moral del fin del milenio no condena la injusticia, sino el fracaso”

Eduardo Galeano

Ya comenté en otra entrada que para mí el fracaso no existe. Todo es camino. Y los problemas de salud poco tienen que ver con que seas o no exitoso. La enfermedad es sencillamente una parte más de la vida, de la tuya y de la de los demás. Lo quieran ver o no.

La verdad es que nunca vas a poder ya liberarte (por suerte para ti y para los que te rodean, aunque ellos no se den cuenta) de esa necesidad de vivir la vida con gran intensidad. De ese enfoque tan distinto al “antes”, al que yo llamaría AF/DF. Tú ya no eres la misma DF. Pero muchos de los demás, gracias a Dios, no han pasado por lo mismo que tú (sobre todo si eres aun joven y te rodeas mayoritariamente de gente de tu edad).

Hace poco leí una entrevista al artista francés Mathias Malzieu. Este escritor decía que el problema de la enfermedad es que te deja una “intensidad vital” de la que ya no te puedes escapar. Esto es así. Hay un anhelo de vivir los días al máximo. La sola idea de los “pasatiempos”, de “matar el tiempo” te da vértigo.

Esto en sí mismo no es un problema para ti sino una ventaja. Pero puede convertirse en un obstáculo para tu buen humor si te empeñas demasiado en transmitírselo a los demás. En muchas ocasiones no te sentirás comprendido. Y esto es normal. Cada persona se encuentra inmersa en sus propias circunstancias.

Aunque todos los libros de Mathias Malzieu tienen algo de autobiográfico, el más realista e íntimo es Diario de un vampiro en pijama. Es un pequeño diario personal en el que cuenta un proceso muy parecido al que yo viví durante el trasplante. No puedo recomendártelo lo suficiente si necesitas entender mejor este proceso. Por ti o por algún ser querido. O por simple curiosidad intelectual. Más allá de la visión del proceso médico, el libro está escrito con gran fantasía, como todo lo que hace este autor.

Te insisto: esta intensidad por la vida que trae la enfermedad es positiva para ti. Te ayuda a mantener la ilusión a pesar de todo. A mantener tu energía lo mejor posible.

Pero es buena y peligrosa a la vez. Buena, porque te ayuda a valorar cada instante, a ver belleza y magia hasta en lo más pequeño de cada día. Pero conlleva el peligro de que te hace más inconformista de lo que eras. Y a veces los demás no entiende ese idealismo-vital. Creen que por padecer (o haber padecido) una enfermedad, tus objetivos vitales tienen que ser menores. Vamos, que tienes que conformarte con menos.

Si estás en esta situación sabes que es no es cierto. A partir de la enfermedad, ya no te resignas como antes. Empiezas a dejar de aguantar cosas que antes dejabas pasar.

Seguramente ya no te vas a quedar escuchando determinados comentarios críticos de ese compañero de trabajo, o de tu jefe… O decidirás separarte de una pareja que no te trate bien. Ya no querrás vivir donde vives o sentirás una gran necesidad de trabajar en otra cosa, en algo a través de lo que verdaderamente desarrolles tu vocación. Eso en lo que se te pasa el tiempo y ni siquiera te das cuenta.

Muchos de los que te rodean te harán daño sin querer. No te apoyarán en estos necesarios cambios de rumbo. A veces sutiles. A veces muy ambiciosos.

Lo hacen desde el amor. Solo te protegen porque quizás no quieren que arriesgues demasiado, que fracases. Pero TÚ LE HAS PERDIDO TODO EL MIEDO AL FRACASO.

ESTAR AQUÍ ES TU GRAN VICTORIA. Nada podrá eclipsar eso.

Así que, enhorabuena amigo/a. Date el valor que tienes y sigue adelante. Tu visión del mundo es solo tuya. Es posible que otras personas no la compartan, que no te entiendan. Pero no la cambies. Es una forma de enfocar la vida que contiene una gran belleza. Y que hará que disfrutes de tu camino mucho más que antes. Pase lo que pase.

Para ti 🙂

¿Te ha pasado algo parecido a lo que aquí cuento? ¿Crees que es bueno o no hablar de la enfermedad en el trabajo?

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